Opera Mundi

Revista Digital / No. 17 / México, D. F., 15 de julio de 2001 / Director General: José Luis Durán King
A L D E A   G L O B A L
GRAMÁTICA DE LA CREACIÓN
Cuando el gran dios Pan haya muerto

George Steiner

No tenemos más orígenes. Incipit: esa orgullosa palabra latina señala que el comienzo sobrevive en nuestro empolvado "inicio". El escriba medieval marca la línea inaugural, el capítulo nuevo con una capitular iluminada. En su torbellino dorado o carmín el iluminador de manuscritos graba sus bestias heráldicas, dragones de la mañana, cantores y profetas. Lo inicial, donde este término significa principio y primacía, actúa como una fanfarria. Declama la máxima de Platón, en la que el origen de todas las cosas, naturales y humanas, es la máxima excelencia. Hoy, en las orientaciones de occidente –observa la presencia mutable de la luz de la mañana en ese mundo—, los reflejos, los cambios de percepción, son aquellos del anochecer, de la penumbra. (Estoy generalizando. Mi argumento, hasta el final, es vulnerable y abierto a lo que Kierkegaard denominó "las heridas de la negatividad").

Ha habido sentimientos previos de fin y fascinaciones con el ocaso en la cultura occidental. La sabiduría filosófica, las artes, los historiadores de los sentimientos nos hablan de "tiempos cercanos en los jardines del occidente" durante las crisis del orden romano imperial, durante los miedos apocalípticos en la aproximación del primer milenio después de Cristo, en el despertar de la peste negra y en la Guerra de los Treinta Años. Señales de decadencia, de otoño y de luz tenue siempre han incorporado al hombre y a la mujer a la conciencia de la ruina física, de la mortalidad común. Los moralistas, incluso antes a Montaigne, afirmaban que el infante recién nacido es lo suficientemente viejo para morir. Hay en la construcción metafísica más confidente, en la obra más afirmativa de un memento mori, una labor, implícita o explícita, de filtración de un tiempo fatal, de entropía en todas y cada una forma viviente. Es a partir de este encuentro de lucha que el discurso filosófico y la generación de arte deriva su stress informativo, la tensión irresuelta de la cual la lógica y la belleza son modos formales. El lamento de que "el gran dios Pan está muerto" hechiza incluso aquellas sociedades con las que asociamos, quizá convencionalmente, el gusto del optimismo.

Sin embargo, hay, creo, en el clima del espíritu final del siglo XX, un corazón incansable. La cronometría interna, el contrato con el tiempo que desde hace mucho determina nuestra conciencia, apunta hacia noches que son ontológicas –es decir, esencia, fábrica de ser. Somos, o sentimos serlo, impuntuales. Los platos se están lavando. "El tiempo, famas y caballeros, el tiempo". Dicha aprehensión es la más urgente pues corre contra el hecho de que, en las economías desarrolladas, los lapsos y las expectativas van en incremento. Y las sombras se alargan. Parecemos arrastrarnos desde el interior de la tierra y hacia la noche como las plantas.

Una sed de explicación, por casualidad, habita nuestra naturaleza. Queremos saber: ¿por qué? ¿Qué hipótesis inconcebible puede dilucidar una fenomenología, una estructura de experiencia sentida, difusa, múltiple en sus expresiones, "terminal"? ¿Se están tomando dichas interrogantes en serio o simplemente nos invitan a un chismorreo vacuo? No lo sé con certeza.

La inhumanidad es, como lo han demostrado las evidencias históricas, perenne. No ha habido utopías, comunidades de justicia o perdón. Nuestras alarmas actuales –en la violencia en nuestras calles, en las hambrunas del así llamado tercer mundo, en las regresiones a los bárbaros, en la posibilidad de enfermedades pandémicas— deben ser vistas como contrarias a los antecedentes de un momento excepcional. Aproximadamente desde los tiempos de Waterloo hasta las masacres en el frente occidental en 1915-16, la burguesía europea experimentó una estación privilegiada, un armisticio con la historia. Subrayada por la explotación del trabajo industrial doméstico y la imposición de leyes coloniales transfronterizas, los europeos conocieron un siglo de progreso, de dispensaciones liberales, de esperanza razonable. Es en el crepúsculo, sin duda idealizado, de su calendario excepcional –es notable la constante comparación que se hace de los años previos a agosto de 1914 con un "largo verano"— en el que sufrimos nuestras inconformidades actuales.

Sin embargo, cuando el permiso es dado por la nostalgia y la ilusión selectivas, la verdad persiste: para toda Europa y Rusia, este siglo se convirtió en una temporada infernal. Los historiadores estiman que han muerto más de 70 millones de hombres, mujeres y niños por las guerras, el hambre, la deportación, la ejecución política y las enfermedades entre agosto de 1914 y la "limpieza étnica" de los Balcanes. Ha habido anteriormente presencias odiosas de pestes, hambres y carnicerías. El colapso de la humanidad en el siglo XX tuvo enigmas específicos. Se fraguó no a partir de los jinetes en las estepas distantes o con los bárbaros tocando la puerta. El nacionalsocialismo, el fascismo, el estalinismo (aunque, en esta última instancia, más opacamente) se engendraron dentro de un contexto, con los instrumentos socioadministrativos de los altos estadios de la civilización, de la educación, del progreso científico y del despliegue humanizante, del cristiano o del ilustrado. No deseo entrar en debates enfadosos acerca de la exclusividad del Shoah ("holocausto" es una noble designación griega, técnica, para el sacrificio religioso, no un nombre propio para la demencia controlada y para "ventilar la negritud"). Pero parece que el exterminio nazi de la judeidad europea es una "singularidad", no muy respetable en la escala –el estalinismo mató más— aunque motivante. Aquí una categoría de personas humanas, desde la infancia, fue proclamada culpable de ser. Su crimen fue la existencia, el simple reclamo de vida.

La catástrofe que tuvo lugar en la civilización europea y eslava fue particular en otro sentido. Desanudó avances previos. Incluso el ironista de la Ilustración (Voltaire) había predicho confidencialmente la abolición de la tortura judicial en Europa. Se había llevado a cabo un retorno general inconcebible a la censura, a la quema de libros, dejando solos a los herejes y a los disidentes. El liberalismo y el positivismo científico consideraron que la distribución de la escolaridad, del conocimiento científico y tecnológico, el libre tránsito y el contacto entre las comunidades traerían consigo un importante mejoramiento en la civilidad, en la tolerancia política, en las esferas de los negocios públicos y privados. Cada uno de estos axiomas de esperanza razonada han probado que son falsos.

No sólo la educación ha mostrado su incapacidad de crear la sensibilidad y la resistencia cognoscitiva a la sinrazón asesina. Es todavía más preocupante que intelectuales refinados, de gran apreciación y virtuosismo artísticos, que eminencias científicas colaboren activamente con las demandas totalitarias o que permanezcan indiferentes al sadismo circundante. Los conciertos resplandecientes, las exhibiciones en los grandes museos, la publicación de libros ilustrativos, la investigación académica, científica y humanística florecen cerca del alcance de los campos de exterminio. El icono de nuestra época es la preservación de un bosquecillo dedicado a Goethe dentro de una campo de concentración.

No tenemos punto de partida para calcular el daño al hombre –como especie, como un claroscuro sapiens inflingido por los eventos a partir de 1914. No tenemos punto de partida para asir la coexistencia en tiempo y en espacio, una coexistencia dividida por la immediatez de la presentación gráfica y verbal en los mass media globales, del superflujo de occidente, y del hambre, la destitución, la mortandad infantil que ahora azota a tres quintas partes de la humanidad. Hay una dinámica de locura iluminada en nuestro desperdicio de lo que queda de los recursos naturales, de la fauna y de la flora. La colina sur del Everest es un tiradero de basura. Cuarenta años después de Auschwitz, el Khmer Rouge enterró vivos a cientos de miles de seres humanos inocentes. El resto del mundo, totalmente prisionero de los hechos, no hace nada. Pronto, nuevas armas empezarán a fluir de nuestras fábricas a los campos de exterminio.

Reiterando: la violencia, la opresión, el esclavismo económico y la irracionalidad social han sido endémicos en la historia, sea ésta tribal o metropolitana. Pero el siglo XX, debido a la magnitud de sus masacres, al contraste insano entre riqueza disponible y miseria actual, a la probabilidad de que las armas termonucleares y bacterianas puedan terminar con el hombre o su ambiente, ha solicitado una desesperada garantía nueva. Ha surgido la posibilidad de una reversa en la evolución, de una revuelta sistemática hacia la bestialización. Esto es lo que hace que la Metamorfosis de Kafka sea la fábula principal de la modernidad o que, pese al pragmatismo anglosajón, nos rindamos a las palabras de Camus cuando dijo: "La única pregunta filosófica seria es la del suicidio"

______________________________
Traducción de: José Luis Durán King.
Tomado de: Guardian Unlimited